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La creencia en sus propiedades afrodisíacas ha perdido fuerza con el paso del tiempo. Se creía que la hierbabuena curaba la taquicardia y los males de amor, y que una porción de hierbas de limón bajo la cama estimulaba la unión carnal. La pareja nupcial bebía vino de perejil y los árabes juraban que la menta incrementaba la potencia sexual. Durante la baja Edad Media, “las expertas en hierbas” se servían de la menta para preparar bebidas del amor, pomadas para cicatrizar heridas e incluso purgantes. Estas mujeres abastecieron a las primeras farmacias y utilizaron sus pócimas para curar sus propias enfermedades. A causa de estas actividades estas “expertas en hierbas” fueron a menudo perseguidas como brujas hasta bien entrados los tiempos modernos.
Las clases pobres añadían hierbas autóctonas a sus bebidas basadas en cereales para mejorar su sabor. En Francia, durante la Edad Media, la gente condimentaba las ensaladas con estragón, pimpinela, canela, borraja, arugula y flores. Y los guisos con amáraco, albahaca, hojas de laurel, salvia, perejil, tomillo salvaje, tomillo, hisopo, mirto y naranja. En Alemania es actualmente muy popular la “salsa verde de Frankfurt”, que se originó en esa época. Las salsas de hierbas se espesaban con pan y se diluían en vinagre.
Hasta finales del siglo XV, las especias, caras y exóticas, sólo fueron degustadas por la nobleza acaudalada. Tras el descubrimiento de la ruta de las especias el precio de éstas cayó y otro tanto sucedió con el interés que provocaba entre las élites. Las especias perdieron su condición singular para pasar a convertirse en otro elemento más de la vida cotidiana. No fue hasta el siglo XVII cuando las especias volvieron a las cocinas europeas. Con el paso del tiempo las especias han tendido a suavizar su sabor, y así la gente ha recurrido a las hierbas para realzar sutilmente los sabores naturales de sus comidas.
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