El ajo ya era un comestible y una medicina popular en épocas antiguas, e incluso fue venerado como planta santa por los egipcios. El bulbo continúa gozando hoy de gran renombre, sobre todo como alimento. El ajo es especialmente común en la cocina mediterránea y su sabor típico da cuerpo a los platos de la carne, a los vegetales, a las salsas y a las sopas.
El ajo crudo, sin embargo, es picante y quema en la lengua. La razón es la elevada cantidad de sustancias secundarias que contiene la planta. La planta utiliza estas sustancias para protegerse contra enemigos tales como insectos o gusanos. El olor intenso a ajo se nota al cocinar, sin embargo, esto elimina las sustancias de la planta y da al ajo cocinado un sabor más suave.
Los compuestos secundarios del azufre de la planta también afectan el aroma. Éste atraviesa la piel y las vías respiratorias después de haber sido consumido, y es claramente perceptible para quienes están cerca. Durante la edad media se creía que un olor intenso a ajo podría prevenir enfermedades como la peste bubónica o rechazar vampiros. Hoy el mal olor que sigue a una comida se considera desagradable. Sin embargo, muchos de sus aficionados consideran esto como un efecto secundario sin importancia y un precio pequeño a pagar por la sabrosa especia.
Consejo: para evitar el mal olor, muchos de los fanáticos del ajo creen que tomar perejil, zumo de limón o granos de café contrarresta los efectos del ajo. Sin embargo, no hay garantía que el olor será totalmente neutralizado.
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